El dióxido de nitrógeno, originado por la circulación de vehículos, es el principal problema del aire de Madrid. Si en otras ciudades europeas como Barcelona o París son las partículas las que causan más episodios de alarma -el último en la capital gala fue apenas hace tres meses, y obligó a regular el tráfico en días alternos para las matrículas pares e impares-, la capital de España superó hace mucho tiempo este capítulo. Pero no ocurre igual con el dióxido de nitrógeno, que se mantiene como una espada de Damocles sobre los pulmones de los madrileños.

Madrid fue la primera ciudad de España en contar con un sistema de vigilancia de la calidad del aire. Ahora, mantiene 24 estaciones repartidas por toda la ciudad, que toman datos sobre los diferentes contaminantes y avisan a la población en el caso de superarse determinados niveles, que previamente han fijado las directivas europeas.

Tiempo atrás, en los 90, eran muy habituales los episodios de serias complicaciones derivados de las partículas y, sobre todo, de la concentración de azufre en el aire. Un problema que se ha ido solucionando con medidas como las subvenciones al cambio de calderas de carbón por otras de combustible menos contaminantes.

Pero en el caso del dióxido de carbono, las autoridades municipales reconocen que siguen teniendo un problema. Las medidas tomadas al respecto, a través primero de la Estrategia Local de la calidad del Aire (año 2006) y luego del Plan de Calidad del Aire (2011-2015) han logrado que los niveles de este contaminante hayan bajado un 30 por ciento en los últimos diez años, y un 22 por ciento desde 2011. Pero siguen superándose los límites que fija la normativa europea.

La famosa «boina» que se cierne sobre la ciudad prácticamente cada año con la llegada del invierno es producto directo de la acción del tráfico rodado -dos millones de vehículos están matriculados en la capital, y a ellos se suma otro millón que entra cada día en sus calles-. Pero también tiene que ver con ello la llamada «inversión térmica», que se produce cuando se conjugan bajas temperaturas y un anticiclón continuado, que evita movimientos de las masas de aire y perpetúa la presencia de la contaminación hasta que llegan épocas de lluvias o vientos.

El Ayuntamiento trata de combatir estos malos datos en dióxido de nitrógeno con medidas concretas: ha convertido la flota de autobuses de la EMT que circulan por las zonas de bajas emisiones -básicamente, la almendra central- en una flota «limpia», mediante el uso de combustibles alternativos como la electricidad, el gas natural o el gas licuado de petróleo; facilita otros medios de transporte, como las bicicletas; ha puesto en marcha el sistema de aparcamiento inteligente, que encarece a quien quiere aparcar en zonas más saturadas o con vehículos más contaminantes; subvenciona los taxis que cambian por modelos más «verdes»…

La organización Ecologistas en Acción elabora cada año su propio informe sobre la calidad del aire en Madrid basándose en los datos oficiales que «cuelgan» de la página web municipal. En el último, insistía en el problema del dióxido de nitrógeno, pero también daba la voz de alarma sobre otro que está emergiendo: el ozono troposférico, que alcanzó niveles superiores a los considerados aceptables en 13 de las 14 estaciones que miden este elemento.

Fuente: abc.es

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