En 1995 el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (PICC) advertía que el cambio climático supondría amenazas para la salud humana, pues se duplicarían o triplicarían el número de muertes debidas al calor, se alterarían los suministros de alimentos, desplazaría a millones de personas y la diseminación de climas tropicales más calientes traería malaria, encefalitis y otras enfermedades. También se podrían provocar otras enfermedades infecciosas por inundación del alcantarillado y los sistemas sanitarios costeros.

Uno de los factores que influyen en el cambio climático son las emisiones de dióxido de carbono (CO2), que según las mismas fuentes anteriores, ya en 2007 suponían una concentración en la atmósfera superior a la que había existido en los últimos 650.000 años. Estas concentraciones de CO2 se vienen registrando de forma sistemática desde los años 60.   El Banco mundial ofrece estas estadísticas de forma gratuita. Una de las causas que hay detrás de esta emisión de partículas contaminantes es el crecimiento de la actividad económica, y dentro de esta, los modelos de transporte que se utilicen. Algunos estudios estiman que la contribución del sector del transporte a esta contaminación se sitúa entre un 13 y un 25% del total de emisiones de CO2 en el mundo. Otros, incluso hablan del 40% del total. Por tanto, urge abordar un cambio en los modelos de transporte a nivel internacional.

En un informe que realizaba la Comisión de Transportes del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid en junio de 2010, se abordó esta problemática y se ofrecieron algunas soluciones. Pero también realizaron un interesante análisis de su evolución. Así nos informaban de que en la Unión Europea el transporte por carretera seguiría incrementándose en los próximos años y absorbiendo cuotas de mercado cercanas al 80%, así como que, en general, el transporte de viajeros aumentaría a un ritmo del 1,4% anual. Un panorama similar dibujaban para España. Respecto al transporte de mercancías, pese a que la política de la Unión Europea había sido la de fomentar su transporte en sistemas alternativos al de carretera, no se había conseguido.  Un dato positivo. Para la década 2020-2030 se preveía que las emisiones del transporte en la Unión Europea disminuyesen casi en la mitad respecto a la década anterior.

En el campo de las soluciones, el Libro Blanco del Transporte 2011 de la Comisión Europea, marcó los objetivos a conseguir para el año 2050. Se fijan 40 iniciativas concretas, estructuradas en torno a una serie de objetivos como acabar con los automóviles de combustible convencional en las ciudades, conseguir que el 40% del combustible de la aviación sea bajo en emisiones de carbono y reducir el 40% de las emisiones del transporte marítimo. Asimismo se intenta conseguir transferir el 50% del transporte por carretera a ferroviario y fluvial de medias distancias, apoyándose en la creación de corredores eficientes ecológicos. También se habla del cambio de modelo productivo, apostando por modelos capaces de transportar mayor volumen de carga y viajeros; por la optimización del rendimiento de las cadenas logísticas multimodales y, en general apostando por modelos que maximicen el crecimiento económico minimizando el impacto negativo en el medio ambiente.

Concretando lo anterior en reducción de porcentajes de emisiones, los estudios consultados los fijan entre un 20-30% a corto plazo con solo mejorar la eficacia de los vehículos; entre el 25-35% a medio-largo plazo desarrollando modos alternativos al transporte por carretera, mejorando la logística,  desarrollando carburantes alternativos o reordenando el territorio para optimizar el transporte; entre un 10-15%, cambiando la fiscalidad del sector del transporte, creando una tasa específica al carbono, modulando los peajes según criterios medioambientales o regulando el mercado de emisiones del sector.

Evidentemente, la mejor alternativa al cambio climático es un giro radical a nuestro modelo productivo y de consumo, que cambie los sistemas de medición de la producción económica, más orientados a estimar la felicidad humana, que a medir el crecimiento económico. Como ya he dicho en otra ocasión, muchos economistas (cada vez más) hablan ya de la necesidad del decrecimiento económico, de producir solo lo que realmente necesitamos. Pero claro, para ello también deberíamos pensar más en un reparto equitativo de la riqueza y en el bienestar de toda la humanidad. De momento, dejémoslo en un simple sueño utópico de verano.

Fuente: elfarodigital.es

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